Eva Esquivel, bailaora, leyendo en una sala de ensayo con los zapatos de flamenco a un lado y el dossier de ELLAS en el suelo

Empiezo Antropología: una bailaora vuelve a las aulas

Tenía once años y cuarenta de fiebre por unas anginas. Era una de mis primeras actuaciones en solitario, para TVE, con un guitarrista y un cantaor, y los bailes los había elegido yo. Recuerdo el calor de los focos y el incómodo viaje en coche, con el cuerpo pesado por la fiebre pidiéndome cama. Pero, al mismo tiempo, recuerdo una determinación que no sé muy bien de dónde salía. Salió bien. Aquel día aprendí algo que me ha acompañado siempre: cuando el flamenco te importa de verdad, encuentras la manera de estar a la altura.

Han pasado muchos años desde aquella niña. He bailado en tablaos, en teatros, en escuelas y en colegios. He creado espectáculos, he dirigido, y llevo más de veinticinco años enseñando a niñas, jóvenes y adultas. Creía conocer bien el terreno que piso. Y, sin embargo, este curso he hecho algo que no esperaba hacer a estas alturas de mi vida: volver a ser alumna. He empezado el Grado en Antropología Social y Cultural en la UNED.

Quiero contaros por qué, y quiero hacerlo aquí, en este cuaderno que estreno hoy, porque estoy convencida de que lo que voy a aprender cambiará mi manera de mirar el flamenco. Y me apetece compartir ese camino con quien quiera acompañarme.

Por qué Antropología

Desde hace años me inquieta conocer los acontecimientos que han ido escribiendo la historia y marcando el camino de la humanidad, sobre todo los que tienen que ver con el arte y la cultura. Siempre me he preguntado de dónde vienen las cosas: por qué bailamos como bailamos, por qué un gesto significa lo que significa, por qué ciertas músicas y danzas nacieron en ciertos lugares y no en otros.

Durante mucho tiempo esas preguntas se quedaron ahí, en un rincón, mientras la vida seguía su ritmo de ensayos, clases y actuaciones. Hasta que llegó ELLAS.

La investigación que hice para crear el espectáculo fue un punto de inflexión. Me llevó mucho más lejos de lo que esperaba. Empecé buscando material para una obra y acabé leyendo sobre sociedades pasadas: cómo vivían, qué celebraban, qué ritos marcaban sus vidas, qué lugar ocupaban en ellas las mujeres. Cada respuesta traía tres preguntas nuevas. Y llegó un momento en que me di cuenta de que lo que estaba haciendo, sin saberlo, tenía un nombre: Antropología.

Entonces fui a mirar qué se estudiaba en la carrera. Y encontré justo lo que estaba buscando.

Lo que me encontré en el plan de estudios

No me llamó la atención una asignatura concreta, sino el conjunto. Descubrí que había materias dedicadas a temas muy específicos, como el racismo, la perspectiva de género o las migraciones. Y otras que se cruzan directamente con la historia del arte, de la música y de la danza.

Cuando lo leí, pensé enseguida en el flamenco. Porque el flamenco no se entiende sin todo eso.

No se entiende sin la historia de los pueblos que lo hicieron posible, ni sin las desigualdades y los prejuicios que atravesaron a muchos de ellos. No se entiende sin las mujeres que lo sostuvieron, muchas veces desde la sombra, en casas, patios y fiestas donde nadie las veía como artistas. Y no se entiende sin los viajes: los palos de ida y vuelta, como la guajira, la colombiana o la milonga, son la prueba de que el flamenco siempre ha sido una música que se mueve, que se mezcla y que vuelve transformada.

Todo eso lo he intuido durante años desde el escenario y desde el aula. Ahora quiero estudiarlo con rigor.

A esa curiosidad se sumaron mis ganas de seguir aprendiendo, de seguir formándome y de explorar áreas nuevas que puedan enriquecer mi trabajo, el sentido de mi profesión y la vida misma. Así que me matriculé.

Lo que me enseñaron mis maestros

No llego a esto de la nada. Nadie llega al flamenco de la nada. Lo que bailamos es, en buena parte, lo que otros nos dieron. De mis maestros heredé mucho más que pasos.

De Mariquilla aprendí la disciplina y el cariño a partes iguales. Era exigente, pero esa exigencia venía siempre acompañada de afecto, y eso es algo que he intentado trasladar a mis propias alumnas. Hay gestos suyos que llevo en el cuerpo como un sello, que reconozco cada vez que bailo y que, a veces, descubro también en las niñas a las que enseño. Así es como se transmite el flamenco: de cuerpo a cuerpo, de generación en generación, casi sin palabras.

Y Mario Maya me marcó por su personalidad culta y adelantada a su tiempo. Para él, el flamenco no era solo técnica ni solo temperamento: era también pensamiento. De hecho, hacía gala de una idea que, según contaba, aprendió de su maestra, la gran Pilar López: para bailar hay que tener en cuenta tanto la ética como la estética del flamenco. Le indignaba que un artista no fuera culto, que no estudiara, que no se interesara por otros temas que pudieran enriquecer su forma de expresarse en el escenario. Me lo dijo en muchas ocasiones, y nunca se me olvidó.

Hoy, al abrir mis primeros temarios, me acuerdo mucho de él. Supongo que, de algún modo, esta carrera también es una forma de darle la razón.

Volver a ser alumna

Los primeros días han sido muy ilusionantes. Y también he estado nerviosa, no lo voy a negar. Entrar en un mundo desconocido impone. Hay un vocabulario nuevo, una forma nueva de leer y de pensar, y la sensación de estar empezando desde cero en algo, después de tantos años sintiéndome segura en mi terreno.

También me asaltan las dudas prácticas: cómo voy a compaginarlo con mi vida personal, con las clases que doy, con las actuaciones de los fines de semana. Quien vive del flamenco sabe que los horarios no son precisamente ordenados: hay jornadas especialmente largas e intensas, y viajes frecuentes que lo desordenan todo todavía más.

Pero pesan mucho más las ganas. Tengo muchas preguntas que hasta ahora no había sabido responder, y por fin tengo dónde buscar las respuestas. Hay algo muy bonito en volver a sentarse a aprender: te obliga a escuchar, a dudar, a no dar nada por sabido. Exactamente lo que les pido a mis alumnas cada día.

Estudiar a distancia tiene además algo especial. Los apuntes viajan conmigo a los ensayos, a los camerinos, a la carretera. El flamenco y la carrera ya están conviviendo, y tengo la sensación de que se van a entender muy bien.

Por qué un cuaderno de campo

En antropología, el cuaderno de campo es la libreta donde el investigador anota lo que observa mientras convive con la gente a la que estudia: gestos, palabras, costumbres, lo que se dice y lo que se calla. Es una herramienta muy sencilla y, a la vez, el corazón del oficio. Lo que no se apunta, se olvida.

Cuando aprendí esto, sonreí. Porque yo llevo toda la vida haciendo trabajo de campo sin saberlo. En los tablaos, observando cómo se entiende un cuadro sin necesidad de hablar. En las peñas, escuchando a aficionados que saben más de cante que muchos libros. En las clases, viendo cómo una niña copia de su maestra no solo un braceo, sino una forma de mirar. En los camerinos y en las conversaciones de después de una actuación. Y en las fiestas donde el flamenco aparece sin que nadie lo haya programado, que en el fondo son una forma de compartir con los compañeros, relajados y lejos de los escenarios, lo que sabemos, lo que nos gusta, lo que sentimos, las risas y mucho más que ya os contaré.

La diferencia es que ahora quiero hacerlo con método. Mirar con más atención, preguntar mejor y, sobre todo, escribir lo que veo. Este es mi cuaderno.

Qué vas a encontrar aquí

Iré contando lo que aprendo en la carrera y cómo se cruza con lo que vivo en el flamenco. Habrá entradas sobre de dónde vienen los palos y qué contaban en su origen. Sobre cómo se transmite el baile, de maestra a alumna. Sobre el papel de las mujeres en el flamenco, ayer y hoy. Sobre los lugares y los ritos donde el flamenco vive: tablaos, peñas, fiestas y familias. Y también sobre conceptos de clase que, de repente, explican cosas que llevo años viviendo.

No escribo como experta en antropología, porque no lo soy. Escribo como alguien que conoce el flamenco por dentro y que está aprendiendo a mirarlo de otra manera. Me equivocaré, rectificaré y aprenderé por el camino. Eso también forma parte del trabajo de campo.

Si te interesa el flamenco más allá del escenario, si alguna vez te has preguntado por qué nos emociona como nos emociona, te invito a acompañarme. Y si tienes algo que contarme, una historia, una duda o un recuerdo, escríbeme. Un cuaderno de campo también se llena con lo que cuentan los demás.

Nos vemos en la próxima página.

Eva Esquivel